Charles Baudelaire
(1821 – 1867)

Melancolía: El (anti)humanismo de Baudelaire

Quien se acerque desprevenidamente por primera vez a la poesía de Charles Baudelaire no podrá evitar sentir cierto malestar ante la imprudencia de sus versos. Baudelaire se presenta a su lector como un hombre misógino, crítico del progreso, abierto defensor de un elitismo dandista, como un resentido cuyo desprecio por el mundo no se agota en lo humano sino que trasciende también a lo divino (Ver Letanías a Satán y La negación de san Pedro). Pero quizá se sorprenda el lector si además se acerca a un par de datos biográficos del poeta, entenderá luego que Baudelaire era un hombre delicado, sensible y, aunque vacilante, temeroso de Dios. Algunos de sus biógrafos insisten en presentarlo como un mitómano que gustaba de ostentarse a sí mismo más inmoral de lo que realmente era. Lacerante y frágil, intempestivo y agobiado, Baudelaire ostentaría con justeza la etiqueta de Poeta maldito que luego se colgó a sus herederos.

El lector desprovisto de otro criterio distinto a su sentido común pasará rápidamente al enjuiciamiento psicológico o moral de la personalidad del poeta, mientras que en el lector atento surgirá la sospecha de que a esa contradictoria personalidad la habitan motivos más profundos que la imprudencia. El lector formado sabe que la verdad de una obra de arte está más allá de lo que a primera vista aparece. Decir que Baudelaire era un neurótico es una perogrullada, la forma como Baudelaire tramita su neurosis es aquí lo esencial: es en la forma estética donde el antihumanismo de Baudelaire deja ver su humanismo

Apreciar un poema de Baudelaire es apreciar cómo lo grotesco se sublima y se hace bello. Su poesía tiene el poder de elevar lo más bizarro a lo más espiritual: una inmunda carroña en medio de la vía da al poeta la ocasión para expresar a su amada el más genuino sentimiento (Ver Una carroña). Esta redención de las cosas que la concepción vulgar de la belleza olvida es lo que constituye el genio artístico de Baudelaire

Yo no pretendo que la alegría no pueda asociarse con la belleza, pero sí afirmo que la alegría es uno de los adornos más vulgares; mientras que la melancolía es, por así decirlo, su ilustre compañera, hasta el punto de que no concibo un tipo de belleza en que no entre la desgracia. (Baudelaire: Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos)

La melancolíaSpleen como aparece en Las Flores del Mal— es la tristeza que surge ante la contradicción del deseo de transformar el mundo y la imposibilidad de lograr esa transformación. La belleza que vive de espaldas al horror es una belleza vulgar porque se instala plácidamente en un mundo horroroso y se convierte en instancia de legitimación suya. Sobre la belleza melancólica, en cambio, se levanta el verdadero humanismo: en lugar de ir buscando “el lado bueno de las cosas” toma las cosas en su conjunto y las manifiesta siempre como lamento o como grito de protesta.

Todos los grandes poetas se convierten, naturalmente, fatalmente, en críticos. Me dan lástima los poetas a quienes guía sólo el instinto; los creo incompletos. Es imposible que en el poeta no esté contenido el crítico. Por lo tanto, el lector no quedará asombrado si le digo que considero al poeta como el mejor de los críticos (Baudelaire, Citado por Eduardo Gómez: La función estética y social de la poesía)

Los grandes poetas, aquellos que no se satisfacen con la parcialidad sino aquellos que son completos, asumen un compromiso radical con la belleza aún en medio de fealdad. Los grandes poetas son por eso mismo indefectiblemente críticos. Ellos no están buscando lidiar con sus problemas personales sino con los universales. Reducir a un artista a sus fantasmas personales —como algunas biografías pretendieron hacerlo con Baudelaire— es, pues, quedarse en el punto de partida. En una discusión con cierto círculo marxista decía Sartre: “Valéry es un intelectual pequeñoburgués, no cabe la menor duda. Pero todo intelectual pequeñoburgués no es Valéry”; el mismo cuestionamiento cabría hacerle a quienes reducen a Baudelaire su condición neurótica. Es lo que el artista hace con sus fantasmas lo que determina su genio.

Esta tensión entre los dramas personales y el genio artístico, entre la inclemencia del mundo y la dimensión trascendente de la forma estética, esta belleza melancólica que caracteriza la obra de Baudelaire, aparece claramente manifiesta en el primero de los poemas de Las Flores del Mal que a continuación compartimos en la traducción de Estanislao Zuleta como homenaje de nuestro Centro de Estudios a los 160 años de publicación de esta obra.

 

Bendición

Cuando, por un decreto de potencias supremas,
El poeta aparece en este mundo hastiado
Su madre horrorizada y llena de blasfemias
Se crispa contra Dios, que la escucha apiadado.

¿Por qué no habré parido todo un nudo de víboras
Antes que concebir este ser irrisorio?
Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que fuera engendrado mi suplicio expiatorio.

Puesto que fui elegida entre tantas mujeres
Para traer desgracia a mi esposo maltrecho,
Y que como una carta clandestina de amores
No se puede quemar el monstruo contrahecho.

Ya sabré yo volver tu odio que me aplasta
Contra este instrumento de tu malignidad,
Y sabré castigar esta planta nefasta
Para que sus retoños no puedan infectar.

Y mientras así rumia su odio y su tormento
Sin poder comprender los sempiternos planes,
Prepara las hogueras que consagra el infierno
A los inolvidables crímenes maternales.

Bajo la protección de un ángel invisible
El niño desechado se emborracha de sol
Todo lo que cosecha su experiencia sensible
Es licor de los dioses, néctar embriagador.

Él charla con las nubes y juega con los vientos,
Es feliz mientras sigue la ruta de su cruz,
El genio que lo guía llora al verlo contento
Como un pájaro libre en una selva azul.

Siempre le temen todos los que él quisiera amar,
O al contrario se enervan por su porte flemático,
Y para hacerlo blanco de su ferocidad
De alguna culpa siempre procuran acusarlo.

En su pan y su vino mezclan escupitajos,
Y con desdén hipócrita apartan lo que toca,
Piensan haber caído horriblemente bajo
Cuando por azar cruzan la vía que le es propia.

Su mujer va gritando por los lugares públicos:
Si me encuentra tan bella para rendirme culto,
Adoptando el papel de los antiguos ídolos
Me cubriré de oro como ellos, a mi gusto.

Me embriagaré de nardos, de inciensos y de mirras,
Y de genuflexiones, de carnes y de vinos,
Usurparé con creces en un ser que me admira,
Todos los exaltados homenajes divinos.

Y cuando esté cansada de esas farsas impías,
Mi mano fuerte y frágil sellará su destino,
Mis garras afiladas como las de una arpía
Hasta su corazón se abrirán un camino,

Y como un joven pájaro que tiembla y que palpita,
Arrancaré del pecho su rojo corazón,
Para satisfacer mi bestia favorita
Se lo arrojaré al suelo, con desdén, sin pasión.

Hacia el cielo, en el cual ve un espléndido trono,
El poeta sereno dirige su plegaria,
Y los potentes rayos de su espíritu lúcido
Le impiden ver los pueblos erizados de rabia.

Bendito tú, señor, que das el sufrimiento
Como santo remedio de nuestras impurezas,
Y como el más excelso y más puro fermento
Que para los sagrados placeres nos da fuerza.

Yo sé bien que tú guardas un lugar al poeta
En las filas felices de tus santas legiones,
Y que es un invitado tuyo a la eterna fiesta
De virtudes, dominios y permanentes dones.

Yo sé bien que el dolor es la nobleza prístina
Contra la que no pueden la tierra y los infiernos,
Y que para tejer mi gran corona mística,
Hay que vencer los mundos y dominar los tiempos.

Ni las joyas perdidas de viejas capitales,
Los metales ocultos y las perlas del mar,
Montados por tu mano nunca serán bastantes
Para esta diadema deslumbrante adornar.

Porque estará tan solo revestida de luz,
Recogida en el foco de rayos primitivos,
Del que los ojos vivos en todos su esplendor,
No son más que reflejos vagos y oscurecidos.

Por: Juan David Gómez Osorio