Hace 27 años dejó de existir Estanislao Zuleta, en mi concepto, el más importante pensador y ensayista colombiano y, sin duda, uno de los más creadores y enriquecedores en América. Sobre sus complejos aportes (que se refieren a numerosos temas como por ejemplo, a la complementariedad dialéctica entre marxismo y psicoanálisis, a la iniciación de una crítica literaria interpretativa, nueva en nuestro medio; a una exégesis de grandes creadores en el campo de la filosofía y la literatura —en las cátedras y conferencias que realizó durante décadas— así como al aporte creativo de algunos ensayos filosóficos de que es autor) se necesitaría escribir rigurosos y exigentes estudios. A algunos aspectos de esa obra, rica y variada, me he referido, con alguna extensión, en el ensayo “Zuleta: el amigo y el maestro”, publicado en un libro de “Memorias…” por la universidad de Los Andes; también en la conferencia, “Estanislao Zuleta; algunos aportes de su pensamiento”, y en el prólogo a la compilación de sus conferencias sobre “Thomas Mann: la montaña mágica y la llanura prosaica”, editada gracias a mi gestión como director de publicaciones de COLCULTURA y que fue el primer libro de Zuleta y el que lo lanzó a escala nacional, con 10.000 ejemplares. A esos escritos me remito para completar este mensaje de ocasión y excusar su brevedad y obligatorio esquematismo.

En este recordatorio, deseo destacar ante todo, el carácter de búsqueda permanente, de insatisfacción y de ensayo, que tiene la obra de Zuleta, aunque, claro está, siempre sobre la base tácita o explícita de un desarraigo radical y crítico respecto al Sistema imperante y respecto a otros ya vencidos. Esa apertura multifacética, esa resistencia lúcida a un saber que se pretenda concluyente y que aspire a ser una “pura doctrina”, indiscutible y partidista, explican el hecho de que esa obra se pueda abordar desde muy diversas perspectivas y de que sea accesible a través de muchos y diversos conflictos. Más que conclusiones o presuntas conquistas filosóficas, Zuleta nos ha legado una fecunda complejidad metodológica (saturada de contradicciones fructíferas) y un compendio de sugerencias, interpretaciones y orientaciones, en la lectura de los grandes autores (especialmente de la modernidad pero partiendo de los clásicos griegos), convirtiéndose así en suscitador de profundas inquietudes e indagaciones trascendentes e influyendo ampliamente en los mejores representantes y compañeros de su generación y de las posteriores.

Siempre estuvo en guardia frente a las pretensiones de monopolizar la verdad, y de diversas maneras se refirió a esa ambición como una amenaza de censura y avasallamiento. Su afirmación, por ejemplo, de que sólo la lectura a través de los propios conflictos es verdaderamente productiva de un cambio existencial, resulta modificando en forma audaz la jerarquía de los autores y relativizando la tradición académica, y en una conferencia, “A la memoria de M. Heidegger”, hace suyo el método existencial de conocimiento de este filósofo, cuando dice: “la Selva Negra figura continuamente en su obra como metáfora, por ejemplo en el ensayo, Qué significa pensar, donde afirma: en el bosque hay caminos; muchos de ellos no conducen a ninguna parte, pero sólo el que se ha extraviado innumerables veces en ellos, aprende a conocer el bosque. Y así el bosque funciona como metáfora del conocimiento.”

En esta fecha dolorosa, quiero, para finalizar, expresar mi deseo de que esta conmemoración resulte una ocasión más para fomentar el diálogo y la unidad eficaz, entre quienes hemos asimilado y difundido su valioso legado, de modo tal que su radio de acción se amplíe cada vez más y sea cada vez más fructífero.

Eduardo Gómez
Poeta y Novelista
Amigo de Estanislao Zuleta
Jubilado de la Universidad de los Andes